Diario de una terrorista

Diario de una terrorista es una obra tremendamente realista y de un ritmo casi cinematográfico, donde los protagonistas no interpretan papel alguno, ya que son los verdaderos artífices de la obra.

En una época turbulenta de la historia de España, marcada por la actividad terrorista de ETA, nuestra protagonista relata los hechos que han marcado su vida, durante su pertenencia a la organización armada, sin barniz engañoso y con esa radical y fría exposición que tienen los que nada temen. Se trata de una obra directa, sin muchos matices literarios, como corresponde a unas memorias o a un diario, aunque no sea, en realidad, ni lo uno ni lo otro.

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Probablemente estemos ante una narración sin precedentes, donde es la propia protagonista, en primera persona, quien da testimonio de sucesos que nos conmovieron a todos, pero fundamentalmente, puede servir para entender -si es que algo de ese oscuro y convulso mundo es entendible- la realidad que ha acompañado a muchos jóvenes vascos durante los duros años de la barbarie etarra.

En sus manos está, posible lector, el evaluar una cosa u otra, digerir la lectura teniendo en cuenta el trabajo de este humilde aprendiz de escritor, sin entrar en la valoración visceral de lo que para todos supone y ha supuesto, durante tantos años el terror de ETA.

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Diario de una terrorista

En una época turbulenta de la historia de España, marcada por la actividad terrorista de ETA, nuestra protagonista relata los hechos que han marcado su vida, durante su pertenencia a la organización armada, sin barniz engañoso y con esa radical y fría exposición que tienen los que nada temen. Se trata de una obra directa, sin muchos matices literarios, como corresponde a unas memorias o a un diario, aunque no sea, en realidad, ni lo uno ni lo otro.

Diálogo Interior

Ismael Álvarez de Toledo, nos presenta en esta obra una reflexión filosófica que estremece y cautiva, se trata de una narración basada en hechos reales, como este autor acostumbra, que pronto tendrá una segunda edición en el mercado americano, corregida y aumentada.

Todo hombre es un ser social, abierto a los demás. Para cualquier persona, los otros son una parte importante de su vida. Su realización plena como persona está indefectiblemente ligada a otros, pues todos sabemos que la felicidad depende en mucho de la calidad de nuestra relación con quienes componen nuestro ámbito familiar, profesional, social, etc.

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Sin embargo, no puede olvidarse que el hombre no sólo se relaciona con los demás, sino también consigo mismo: mantiene una frecuente conversación en su propia interioridad, un diálogo que se produce de forma espontánea con ocasión de las diversas vivencias o reflexiones personales que todo hombre se hace de continuo.

Y ese diálogo interior puede ser estéril o fecundo, destructivo o constructivo, obsesivo o sereno. Dependerá de cómo se plantee, de la clase de persona que se sea. Si uno tiene un mundo interior sano y bien cultivado, ese diálogo será alumbrador, porque proporcionará luz para interpretar la realidad y será ocasión de consideraciones muy valiosas. Si una persona, por el contrario, posee un mundo interior oscuro y empobrecido, el diálogo que establecerá consigo mismo se convertirá, con frecuencia, en una obsesiva repetición de problemas, referidos a pequeñas incidencias perturbadoras de la vida cotidiana: en esos casos, como ha escrito Miguel Ángel Martí, el mundo interior deja de ser un laboratorio donde se integran los datos que llegan a él, y se convierte en un disco rayado que repite obsesivamente lo que con más intensidad ha arañado últimamente nuestra afectividad.

En las personas inmaduras, en cambio, ese diálogo interior de que hablamos suele convertirse en una fuente de problemas: al no valorar las cosas en su justa medida –a él mismo, a los demás, a toda la realidad que le rodea–, con frecuencia, sus pensamientos le crean falsas expectativas que, al no cumplirse, provocan conflictos interiores y dificultades de relación con los demás.

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Una persona madura y equilibrada tiende a mirar siempre con afecto la propia vida y la de los otros. Contempla toda la realidad que le rodea con deseo de enriquecimiento interior, porque quien ve con cariño descubre siempre algo bueno en el objeto de su visión. El hombre que dilata y enriquece su interior de esa manera, dilata y enriquece su amor y su conocimiento, se hace más optimista, más alegre, más humano, más cercano a la realidad, tanto a la de los hombres como a la de las cosas.